melissa mochulske

“Es una lástima que con esa cara y esos ojitos verdes estés gordita…”   ¿Te suena?

A mí sí, podría decir que esas líneas resumen mi infancia y adolescencia.   

Nadie sabe realmente cómo ni por qué, en una familia de flacos resulté ser la hija que de ser “gordita” de niña, pasó a ser obesa de adolescente.   Hoy, muchos años después y 48 kilos menos, creo que lo puedo entender mejor (o al menos trato todos los días de hacerlo), a la conclusión que he llegado es que nunca se me planteó el sobrepeso como una enfermedad, sino como un parámetro de belleza y felicidad.

Según los argumentos para bajar de peso con los que crecí, ser delgada significaría poderme poner la ropa que me gustaba (no la que me quedaba), bajar en shorts a la clase de deportes sin pena, ir a la playa con mis amigas sin tener la autoestima por el piso, comer lo que quisiera sin que me fuera limitado, pesado por gramaje o definitivamente prohibido y sobretodo, el premio mayor a mi esfuerzo sería gustarle a los niños que me gustaban;  esa parecía ser la ecuación de la felicidad para mí en esos tiempos.

Nunca me dijeron que mi salud estaba en peligro, que estaba rayando en una obesidad mórbida y que, de seguir así, tendría consecuencias irreparables para el resto de mi vida.

La verdad, no los culpo. No había tanta información como ahora, nací en la década del “Tab” y “Sweet & Low”, la premisa era “bajar de peso” comiendo una versión plástica de lo que te gustaba sin engordar, no existía la ola de productos “healthy” y demás cosas que hay hoy en día.   

Los míos no sabían que no se trataba de “hacer comida especial” para mí (consomé desgrasado, pechuga asada y ensalada)  mientras todos comían sin engordar un gramo deliciosas milanesas y sopa de pasta; no sabían que no era un tema de hacerme sentir diferente, sino de adoptar conmigo nuevos hábitos y hacerme sentir parte de ellos, incluso de hacer ejercicio y planes al aire libre.

Desde los 8 años mi vida fue un desfile de: nutriólogos, bariatras, homeópatas, acupunturistas, “doctores” que recetaban anfetaminas y antidepresivos, endocrinólogos, masajistas, mesoterapeutas…  Una vez fui a dar hasta con un tipo que hipnotizaba para calmar la ansiedad. Dietas de puntos, Atkins, de la sopa de col, el ayuno de helado de vainilla, el de piña, el jugo quema grasa, los licuados de Slim Fast…   El resultado siempre fue el mismo, bajaba algunos kilos las primeras semanas y cuando me veía condenada a esa rutina al menos por un par de años, me desanimaba y abandonaba poco a poco la dieta hasta recuperar el peso perdido y ganar unos cuantos kilos extras “de pilón”, y es que no hay vestido de ensueño ni  príncipe azul que merezca el tremendo esfuerzo de vivir a pechuga-lechuga esa eternidad.

Un día simplemente cambió todo.   Cuando tenía 21 años, a mi papá le detectaron un cáncer muy avanzado de pulmón y yo a partir de eso decidí ir a la nutrióloga número 823 que me habían recomendado.  Tenía claro que mi obesidad era un tema que siempre preocupó a mi papá y ante el que se sentía sumamente impotente, por eso tomé la decisión de quitarnos a ambos un peso de encima, por ese rey yo sí estaba dispuesta a vivir de agua y atún el resto de mi vida si era necesario.

La primera sorpresa que me llevé cuando fui con aquella nutrióloga que me cambió la vida, fue que apenas me pesó y vio mis 104 kg. (en esas básculas de pesitas de antes, no la sofisticación que hoy te mide hasta el diámetro de las pestañas), lo primero que me dijo (a diferencia de todos los charlatanes anteriores que había visitado), fue: “A ti con 10 kilos menos te va a cambiar la vida…”   Recuerdo que solo me reí incrédula, pero ella lo reafirmó con mucha convicción, jurándome y perjurándome que no era necesario bajar más, que por mi “complexión”, 10 kilos eran suficientes.

Ya no quise discutir y bastante resignada a la dieta que ya me sabía de memoria, en la que seguramente iba a desayunar un día queso panela asado y otro claras de huevo con verduras, pasamos a su escritorio.   Yo no podía creer lo que veía, nunca se me va a olvidar que mi día arrancaba con un desayuno que consistía en un licuado con media taza de leche light, media taza de agua, medio plátano, edulcorante, 2 nueces y gotitas de vainilla, pero eso no era todo, también había un sandwich de jamón de pavo; la comida consistía en guisados, sopas, ensaladas y hasta pasta hervida, tortillas y arroz.  La cena no era la tradicional ensalada de atún en agua sino todo lo contrario, podía repetir algún guisado o sopa de la comida si quería, o hacerme algún revuelto de verduras y agregar la proteína que se me antojara. Básicamente, esa dieta parecía ser la receta perfecta para mandarme a la luna pesando 200 kilos en un mes.

Y eso fue lo primero que le dije:  “Pero con esa dieta voy a engordar, te juro yo como mucho menos…” (Lo cual era cierto, por imposible que pareciera pesando más de 100 kilos), respondió con una sonrisa llena de ternura y me dijo: “Te apuesto que no, inténtalo 3 semanas y vemos qué pasa”.

Yo no tenía idea que en esas 3 semanas iba a cambiar mi vida para siempre, pero eso se los contaré en mi siguiente entrega.

 

melissa mochulske

Melissa MOCHULSKE

Comunicóloga, health coach, nutrióloga holística y locutora de W Radio. Fundadora de Spinto, despacho de Relaciones Públicas y gran aficionada de la Ópera.  Por sus caminatas eternas es también conocida como Forrest (Sí, por Forrest Gump), también la llaman Mónica Geller región 4.  Deportista constante, viajera compulsiva, amante de la lectura y jefa de staff de Aída Yalitza, la perrita ex-callejera más popular de la colonia Roma.

Actualmente, Melissa es también locutora de Televisa Radio, su programa #AgendaWFM se transmite todos los viernes a las 9 de la noche en W Radio 96.9”. Aunado a esto, también es co-conductora del programa WFM todos los jueves a las 8 de la noche y realiza transmisiones especiales para Los 40 y W Radio como por ejemplo, las entregas del premio Oscar y enlaces especiales desde diferentes destinos turísticos.

También colabora ocasionalmente con revistas y blogs escribiendo artículos especiales sobre  nutrición y viajes.

IG @melissamoch