ALE RUBIRALTA

“No sé si te has dado cuenta, pero tienes sobrepeso”. Escuchaba al pediatra a lo lejos mientras sentía un cubetazo de agua fría. Empecé a sudar frío y volteé a ver a mi mamá con cara de angustia. A mis 12 años soñaba con tener el cuerpo de Cindy Crawford o Claudia Schiffer (ya les delaté mi edad si hacen un poco de matemáticas). A mis 12 años era talla 13.

El pediatra me dijo “¿Quieres ver a la nutrióloga?” a lo que sin pensarlo contesté que sí. Ese día inició mi largo camino en el mundo de las dietas.

De un consultorio pasé a la siguiente ventanilla. Mi mamá me dejó entrar sola. Eso es algo que le agradezco en el alma porque me dejo ser, me dejó hablar con esta mujer a la que yo veía como mi salvadora. Me pesó, me enseñó en donde estaba mi peso y mi estatura versus lo que “debía ser” y me puso un objetivo. ¡Háganme el favor! Le pedí una dieta en la que me dejara comer mis deliciosas y suculentas pizzerolas en el recreo y uno que otro pastelillo marinela en las tardes. Me agarró la angustia cañón al pensar que iba a dejar de comer estas exquisiteces. Me angustiaba pensar en los límites de las porciones que me sugería, pero estaba muy animada por emprender el cambio.

Empecé mi súper dieta emocionadísima porque me iba a poner igual de plana de la panza que Bibi Gaytán (¡WTF! ¡De nuevo les delaté mi edad!). Mi cuerpo respondió rápido. Nunca había hecho una dieta así que estaba “virgen” en estos temas. La primera semana me apliqué durísimo. Ya para la segunda como vi que mis pantaloncitos me cerraban ya sin tener que acostarme en la cama, me empecé a dar uno que otro permiso de comer que la paletita, que la galletita, etc.

No podía dejar de pensar en el día en que terminara la dieta para poder volver a ser yo otra vez y comer todo lo que quería. En esa época estaba por terminar 6° de primaria. Visitaba varias veces la “cooperativa” (alias la tiendita de la escuela) a lo largo del recreo repasando por su orden los pingüinos, los chicharrones de ruedita con valentina, el frutsi para no pasármelos en seco y para cerrar unas sustanciosas quesabritas, además del nutritivo lunch que me mandaba La Marus (mi querida madre). Obvio mis papás no me daban ni un peso para comprar en el recreo, pero no contaban con el poder de la negociación y el tan conocido “fiado”. Salí debiendo una fortuna que nunca pagué. Me imagino al pobre Marcos (el señor que atendía y amablemente me fiaba diario) cada vez que tenía que rendir cuentas de las ventas.

Ahí empezó mi calvario. Quería cambiar, quería sentirme bien, pero no podía. El poder de la comida era más fuerte que yo. Odiaba mis piernas, odiaba mis brazos, odiaba mis cachetes, odiaba a las flacas, odiaba a las bonitas, odiaba a los niños que me gustaban, odiaba mi poca fuerza de voluntad. Amaba la comida. El problema era que le había puesto una etiqueta de “temporal” a la dieta. Cuando estás a dieta sólo te vienen a la mente palabras como estrés, angustia, castigo, prohibido. Esto lo entendí veinte años después. Por eso mi lema principal es “las dietas no funcionan, siempre las romperás”.

 

ALE RUBIRALTA

 

Alejandra RUBIRALTA

Fundadora Juice by hand & Snakit, financiera, speaker, empresaria, health coach y mamá de Leonor y Elio. Mi lema: “Haz que las cosas sucedan”.  

IG @ale_rubiralta